Yo soy muy mindfulness… hasta que llego a una rotonda

Si eres como yo, te despiertas cada mañana sintiéndote un monje budista en paz con el universo, dispuesto a practicar mindfulness en cada respiración, seguro de que nada podrá sacarte de tu serenidad… hasta que te encuentras con la prueba máxima de paciencia moderna: ¡una rotonda en hora punta! ¡Sálvese quien pueda!

Es como si todo el mundo sintiera que en realidad esa es su rotonda, por lo que cada uno hace lo que le viene en gana, acelerando todo lo posible para que no entre nadie en sus dominios, cruzando los carriles a su antojo y por supuesto sin avisar o dudando si entrar o no por si alguien le rebana la puerta.

Y ahí estás tú, ex lama tibetano ya que tu calma interior se ha convertido en un “¡¿Pero quieres entrar de una ****  vez?!” mientras haces un gesto que seguramente no sale en ningún libro de mindfulness.

Y ahí se va tu serenidad por la ventanilla, directo al arcén. Pero la metáfora de la rotonda, si lo pensamos bien, es muy útil para entender qué significa realmente la atención plena en la vida cotidiana. Porque seamos sinceros: ser “mindful” no es vivir en una burbuja zen donde la gente no se te cruza en el camino, sino aprender a lidiar con esas rotondas emocionales que aparecen en nuestro día a día. Y, por fortuna, todo este ejercicio de paciencia tiene beneficios demostrados por la ciencia. ¡Así que acompáñame! Vamos a ver cómo mantener la calma y la atención plena… incluso cuando el universo, o el tráfico, parece querer ponernos a prueba.

1.- Aceptar la rotonda (y el tráfico emocional) como parte del viaje

Primer punto del mindfulness: aceptar las cosas tal y como son, sin juzgarlas. Esto aplica tanto a una rotonda real como a esos momentos de frustración en el día a día. Lo que pasa es que en el fondo todos queremos que la vida sea como una autovía: rápida, sin obstáculos y con línea recta hasta el destino. Pero la realidad es que la vida es más bien una serie de rotondas: cuando crees que por fin sales de una, ya tienes la siguiente esperándote.

Aquí es donde el mindfulness tiene algo que enseñarnos. La investigación muestra que la práctica de la atención plena nos ayuda a desarrollar una mayor tolerancia a la frustración. Por ejemplo, un estudio en la revista Emotion halló que quienes practican mindfulness experimentan menos reactividad y se recuperan más rápido del estrés. O sea, en teoría, deberíamos poder enfrentarnos a cualquier rotonda emocional sin desmoronarnos. ¿En la práctica? Bueno, ¡ahí vamos, paciencia, paso a paso!

2.- Poner los intermitentes: comunicarme con claridad y sin reactividad

La comunicación, dicen, es la base de toda buena relación. Y cuando se trata de una rotonda, los intermitentes son clave para que no acabemos todos haciendo un bocadillo de coches. En la vida pasa algo similar: el mindfulness nos enseña a “poner nuestros intermitentes” emocionales, es decir, a expresar cómo nos sentimos sin soltar un bocinazo emocional cada vez que alguien nos desespera.

Resulta que también hay respaldo científico para esto: Variados estudios indican que el mindfulness mejora nuestra “regulación emocional”, esa habilidad para responder a nuestras emociones sin dejarnos llevar por impulsos (o sea, sin soltar el volante a la primera y ponerse a hacer “peinetas” como si no hubiera mañana). Una revisión de 2015 demostró que quienes practican mindfulness tienen más autocontrol y mejor comunicación. Así que, aunque en la rotonda me dan ganas de sacar la cabeza por la ventanilla en plan Chuqui y decirle al coche de al lado lo que realmente pienso, en vez de eso respiro, activo mis “intermitentes internos” y respondo con un poquito más de calma… en teoría.

3.- Recordar que no tengo control sobre la rotonda… solo sobre mi coche

Aquí viene una gran verdad: practicar mindfulness es, básicamente, aprender a soltar el control. En una rotonda, yo puedo manejar mi coche, pero no puedo controlar al de al lado, ni a ese coche misterioso que nunca pone el intermitente (lo de que eligió cenicero y bla, bla) En la vida, también tengo que aceptar que no puedo controlar lo que los demás hacen o lo que la situación me lanza, pero sí puedo elegir cómo reaccionar yo misma (aunque a veces lo único que quiero es reaccionar con un “¡a ver si aprendes a conducir, so inútil”!.

Este concepto de “soltar el control” tiene su base científica: practicar mindfulness aumenta nuestra “flexibilidad cognitiva” (o sea, no perder la cabeza ante lo inesperado) y la resiliencia emocional. Según estudios de la Universidad de Harvard, quienes meditan regularmente desarrollan áreas cerebrales asociadas al autocontrol y la toma de decisiones, ¡como si tuviéramos nuestro propio copiloto zen! Entonces, cada vez que me siento atrapada en una rotonda emocional, me repito: “Solo puedes controlar tu propio coche. Respira y déjalos pasar”. Un chollo, vaya.

mindfulness en la vida cotidiana

4.- Usar el “parar” como herramienta de mindfulness

Si has conducido en rotondas, sabes que lo mejor antes de incorporarte es detenerte un momento (a no ser que seas el dueño de la rotonda de antes) observar bien y luego decidir si avanzas o cedes el paso. En mindfulness, esta habilidad de “parar” es fundamental. ¿Cuántas veces saltamos a una situación difícil sin habernos dado un segundo para respirar? Ese instante de pausa antes de actuar puede salvarnos de más de un mal rato (y algún bocinazo extra).

Entonces, cuando algo me despierta la impaciencia, trato de aplicar la técnica del STOP : STOP (Paro) , Tomo una respiración, Observo y Prosigo, antes de lanzarme. Parece poco, pero incluso una pausa de unos segundos puede reducir significativamente el estrés. Según un estudio de la Universidad de Massachusetts, quienes practican pausas conscientes generan menos cortisol, la hormona del estrés. Así que, la próxima vez que esté en una rotonda emocional, respiro, cuento hasta cinco y me doy permiso para que no me explote la vena de la frente.

5.- Recordar que las rotondas también tienen salidas

Finalmente, ¡una buena noticia! Las rotondas siempre tienen salidas (aunque a veces parece que estoy atrapado en una versión del Día de la Marmota, dando vueltas sin fin, porque el GPS me dice que vaya hacia el Nordeste como si yo fuera Magallanes). En la vida, igual que en una rotonda, no estamos destinados a girar eternamente en las mismas emociones o situaciones. El mindfulness me enseña a soltar y a recordar que todo es temporal.

Y resulta que esta mentalidad también está respaldada por la ciencia: un estudio del Journal of Clinical Psychology encontró que aprender a soltar ayuda a reducir la ansiedad y a afrontar las dificultades con más calma. Así que, cuando siento que estoy atrapada en una rotonda emocional, trato de recordar que siempre hay una salida. Puede que no la vea ahora mismo, pero confío en que el próximo giro puede llevarme a una vía libre.

Así que aquí estamos: practicando mindfulness en la vida cotidiana, incluso cuando el tráfico o la vida nos ponen a prueba. Porque sí, al final, yo soy muy mindfulness hasta que llego a una rotonda… pero también puedo aprender a soltar, respirar y tomar esa salida que me permita seguir adelante (con el coche y con la vida) con una conducción mucho más placentera.

Y tú, ¿cómo te llevas con las rotondas?

Por cierto, te entreno en mindfulness a ti o a tu equipo.

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